Tenés once años.
Es noviembre de 1995.
En un asalto te ponés de novio.
Los asaltos eran así:
alguien ponía la casa,
los pibes llevaban la bebida,
las pibas la comida
y después todo se ponía en común.
Ellas bailaban entre ellas.
Ustedes miraban.
La mayor parte del tiempo hacían eso.
Mirar.
Hasta que ponían un lento.
Entonces había que levantarse,
caminar hasta donde estaba la piba que te gustaba
y preguntar:
—¿Bailás?
El problema no era caminar.
El problema era que dijera que no.
Porque después venía el lunes.
Y el lunes había escuela.
Un no el sábado
podía durar toda la semana.
Por lo menos hasta el próximo asalto.
Pero ella dice que sí.
Bailan.
Y en algún momento de esa noche
deciden que son novios.
Antes eran amigos.
Hablaban bastante.
Desde que son novios
hablan cada vez menos.
---
Unos días después seguís en sexto grado.
Colegio Parroquial San José.
Junín.
Hace calor.
Tenés el guardapolvo azul de la escuela
y pantalón corto abajo.
Estás detrás de la puerta del aula,
sacándole punta a un lápiz
sobre el tacho de basura.
Entra Mirta.
La directora.
Pelo rubio.
Carré perfecto.
Guardapolvo blanco inmaculado.
Maquillaje de maestra.
Todos se levantan.
—Buenos días, señora directora.
Mirta mira el salón.
—¿Dónde está el noviecito de América?
Nadie dice nada.
Vos tampoco.
Te quedás ahí,
atrás de la puerta.
Guardapolvo azul.
Pantalón corto.
El lápiz en una mano.
El sacapuntas en la otra.
Pensás:
cómo mierda lo sabe?
Mirta camina hasta vos.
No pregunta.
—Yo sé que sos vos.
Después se acerca
y te dice al oído
que en esa escuela
no hay lugar ni tiempo
para eso a tu edad.
Saluda a la maestra.
Se va.
Volvés al banco.
La mirás de reojo.
Ella está muy nerviosa.
Vos hacés como si no lo estuvieras.
Mirta imponía respeto.
Eso decían.
Durante muchos años
vos también lo dijiste así.
Respeto.
Después entendiste que no siempre.
Que muchas veces era miedo.
Miedo a que los grandes supieran algo.
Miedo a haber hecho algo mal.
Y, sobre todo,
a que aquello que habías hecho
fuera irremediable.
Para siempre.
Tenías once años.
---
Terminan las clases.
En diciembre cumplís doce.
La bicicleta llegó antes.
Benotto.
Negra con purpurina.
Dieciocho cambios.
Vivís en Quintana al 300.
Tu mamá cuida a un abuelo ciego
y les dieron esa casa para vivir.
Es verano.
Y escribís cartas.
Hojas de carpeta dobladas.
No son largas.
Desde que son novios
hablan menos que antes.
Escribir resulta más fácil.
Agarrás la Benotto.
Pasás por Lebensohn.
En el centro del portón del garaje
hay una ventana.
Si está abierta,
hay que aprovechar.
No frenás.
O frenás apenas.
Sacás la hoja de carpeta doblada.
La dejás por la ventana.
Y seguís.
Rápido.
La cuestión es que nadie te vea.
Sobre todo la abuela.
O el abuelo,
que suele estar sentado en la puerta
o detrás de la ventana
de la casa de al lado.
Entonces pasás.
Mirás.
Ventana abierta.
Carta.
Y seguís.
Doce años.
Dieciocho cambios.
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Apenas unos metros más adelante
está Aristóbulo del Valle y Lebensohn.
Quince.
Veinte metros.
Nada.
Ahí está la esquina.
Y en esa esquina,
el baldío.
Alrededor,
un tapial de ladrillos.
Cal.
Pintadas.
Consignas políticas.
Nombres.
Letras gastadas.
Durante años hacen lo mismo con ese paredón.
Escriben.
Encalan.
Vuelven a escribir.
Vuelven a encalar.
Escriben arriba
de lo que ya habían tapado.
Después vuelven con la cal.
Y así.
Nunca queda del todo blanco.
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Ella vive a unos metros de ahí.
La esquina es el encuentro.
Pero para que la dejen salir
tiene que estar también
una amiga de los dos.
Si desde la casa ven que está ella,
la dejan.
Esa es la condición.
Entonces se encuentran tres.
No hay mucho para discutir.
Si está la amiga,
ella puede salir.
Y si ella puede salir,
vos estás en Aristóbulo del Valle y Lebensohn.
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Después resulta que empiezan la colonia
en el mismo club.
Sarmiento.
Verano en Junín.
Al final de la colonia
hay una fiesta.
Y otra vez bailan juntos.
Sólo que ahora,
además de mirarla a ella,
mirás la calle.
Ella también.
Porque en cualquier momento
puede aparecer el papá.
Renault 11.
Color cremita.
Si llega y los ve bailando juntos
va a ser un problema.
Así que bailan.
Y miran la calle.
Bailan.
Y vuelven a mirar.
Tenés doce años.
Todavía no sabés manejar.
Pero un Renault 11 color cremita
lo reconocés desde lejos.
---
Se termina el verano.
Empieza séptimo grado.
1996.
Último año de primaria.
Está Carlos Paz.
El viaje de egresados.
Toda esa adrenalina.
La secundaria parece estar ahí nomás.
Vos querés cambiarte de escuela.
Querés ir al Industrial.
Te apasionan los autos.
Las carreras.
Los motores.
Todo ese mundo.
Querés abrir un capot
y entender qué estás mirando.
Sabés que donde estás
eso no está.
Tenés doce años.
No sabés demasiado bien
qué querés hacer con tu vida.
Pero algunas cosas
ya sabés dónde buscarlas.
---
En algún momento del otoño
dejan de ser novios.
No discuten.
No se sientan a hablar.
No hay una última carta.
Nadie dice:
hasta acá.
Un día son novios.
Después parece que no.
Y listo.
Antes de ponerse de novios
hablaban bastante.
Cuando se pusieron de novios
hablaron menos.
Para dejar de serlo
ni siquiera necesitaron hablar.
---
Tenés un radiograbador.
Negro.
Dos parlantes.
Dos caseteras.
AM.
FM.
Los casetes sirven para escuchar música.
También sirven para esperarla.
Porque una cosa
es escuchar una canción en la radio.
Otra
es conseguirla.
Dejás un casete preparado.
Cuando empieza algo que te gusta
hay que moverse rápido.
PLAY.
REC.
Los dos juntos.
Y esperar que el tipo de la radio
no hable encima.
Si el casete es virgen,
mejor.
Pero no siempre hay uno virgen.
Entonces agarrás alguno usado.
A veces le rompieron
las pestañitas de abajo
para que no pudiera volver a grabarse.
Eso tampoco es definitivo.
Un bollito de cinta Scotch.
Tapás los agujeros.
Casete adentro.
PLAY.
REC.
Y arriba de lo que había
empieza otra cosa.
---
En algún momento escuchás
Mariposa Pontiac.
Rock del país.
La escuchás en la radio.
Y quedás fascinado.
Querés volver a escucharla.
Ahora el problema
es conseguir que vuelva.
Puede sonar esa tarde.
Puede sonar mañana.
Puede aparecer
mientras estás haciendo otra cosa.
Puede empezar antes
de que llegues al radiograbador.
Puede agarrarte sin casete.
O puede pasar algo peor:
que llegues a tiempo,
aprietes PLAY y REC
y el tipo de la radio decida hablar
antes de que termine.
Y te arruine el final.
No hay mucho para hacer.
Esperar que vuelva.
---
Pasan los años.
El radiograbador queda viejo.
Los casetes también.
La Benotto queda atrás.
La primaria queda atrás.
Carlos Paz queda atrás.
La esquina no.
Vos te vas de Junín.
Mucho después
te vas del país.
Vivís en otro.
Tenés un hijo.
Tenés cuarenta y dos años.
---
Es jueves.
Agosto.
Madrugada.
En Argentina es invierno.
Acá es verano.
Hace calor pero no los de Junín.
Estás en un pueblo
en medio de las montañas.
Buscás Mariposa Pontiac.
La ponés.
Ya no hay que esperar.
No necesitás un casete preparado.
Ni encontrar uno virgen.
Ni hacer un bollito con cinta Scotch.
Ni apretar PLAY y REC juntos.
Ni putear al tipo de la radio
porque habló antes de que terminara.
La canción aparece cuando querés.
Treinta años después
eso está resuelto.
Lo demás, no.
Suena.
Y no querés volver.
No es eso.
Tampoco querés recuperar
a la piba de aquella esquina.
Hay cosas que terminaron
cuando tenían que terminar.
Pero aparece el pibe.
Ese sí.
Once años.
Guardapolvo azul.
Pantalón corto porque hace calor.
Un lápiz recién afilado.
La Benotto negra con purpurina.
Dieciocho cambios.
Una hoja de carpeta doblada.
Pasar rápido.
Que no te vea nadie.
La ventana abierta.
Después quince o veinte metros.
Aristóbulo del Valle y Lebensohn.
El baldío.
El tapial.
Cal arriba de palabras.
Palabras arriba de cal.
El asalto.
El lento.
Una amiga haciendo posible el encuentro.
El Renault 11 color cremita
que todavía no llegó.
Mirta entrando al salón.
—¿Dónde está el noviecito de América?
PLAY.
REC.
Una canción arriba de otra canción.
No sabés si recordar hace bien.
Qué sé yo.
Capaz que no hace falta saberlo.
Llenemos la mochila con todos esos momentos.
Metamos el asalto.
El miedo al no.
El guardapolvo azul.
El lápiz.
Las cartas.
La bicicleta.
La ventana del portón.
El baldío.
La cal.
Las pintadas.
La colonia.
El Renault 11.
El casete.
La cinta Scotch.
La canción.
Metamos también
lo que no entendimos.
Lo que duró poco.
Lo que no dijimos.
Lo que desapareció
sin avisar.
Que no quede nada tirado por ahí.
Después veremos cuánto pesa.
La canción termina.
Tu hijo duerme.
Es jueves.
Hace calor.
Afuera están las montañas.
El pueblo no sabe nada
de aquel pibe de once años.
Vos sí.
Por ahora alcanza.
No querés olvidarte de nada.
Nota
Escrito en 2026. Publicado originalmente en LA MOCHILA, dentro de una serie de textos atravesados por memoria política, territorio, militancia y afectos.
Autor
Martino Santa María

Fecha
2026

Serie
LA MOCHILA
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